Bienvenidos con visión integracionista por un Nuevo Perú

 

No obstante haber pasado al retiro hace algunos años, no he dejado nunca de sentirme miembro de la gloriosa Policía Nacional del Perú. El uniforme lo llevo por dentro y por siempre. Y es que uno no puede desprenderse de una experiencia, una vocación y mucho menos una mística de servicio así tan fácilmente.

La guerra terrorista contra el Perú, la agresión genocida de las bandas de Abimael Guzmán y Víctor Polay no encontraron al Estado en las condiciones adecuadas para defenderse y proteger a millones de peruanos. La irresponsabilidad y frivolidad inexcusables de la clase política que heredó el poder tras el fin del Gobierno Militar (1968-1980) fueron capitalizados por el terrorismo, que de la noche a la mañana convirtió un país relativamente pacífico y estable en el escenario de un cruel e infernal conflicto que segó la vida de 30 millones de compatriotas y causó daños materiales por 30,000 millones de dólares.

Como agentes del Estado que estamos directamente encargados de proteger a la población civil los policías fuimos víctimas propicias del terror. A tal extremo llegó la insania de estos criminales terroristas, que casi a diario se mataba un efectivo policial, un padre de familia, con el solo propósito de robarle el arma. Al final de la década los políticos tradicionales prácticamente habían hundido al Perú. Como símbolo del avance incontenible del terrorismo estaban esos parapetos de concreto levantados en las puertas de las comisarías de muchísimas circunscripciones de la República, empezando por Lima. Ese era el espectáculo tristísimo que se ofrecía al ciudadano: la policía se había replegado a las comisarías para defenderse del terrorista que lo acosaba. ¿Y quién defendía al ciudadano? Nadie.

Los policías fuimos los primeros sacrificados cuando en 1980 un gobierno improvisado e incapaz, sin ninguna brújula, nos envió a combatir a un enemigo desconocido. Muchos hombres de la PNP y de las Fuerzas Armadas cayeron en la primera hora de enfrentamientos con SL y el MRTA, sin que los políticos supieran a qué se enfrentaban.

Si hoy postulo en la lista de Fuerza 2011, en la lista del Fujimorismo que lidera Keiko Fujimori, es porque no puedo tapar el sol con un dedo ni rehacer la historia. Fue el presidente Alberto Fujimori quien corrigió esta situación dramática, empezando por robustecer el Estado. Allí donde había debilidad y cobardía, indiferencia o incluso complicidad, Fujimori puso voluntad total para resistir primero y luego avanzar hasta derrotar al enemigo terrorista.

Quiero llegar al Congreso no para convertirme en político, sino para ser una voz de aquellos que fueron protagonistas de la pacificación nacional. Que en el Congreso no solo hablen quienes no vivieron la guerra, sino también, y con justo derecho, quienes la vivieron y padecieron. Que en el Congreso haya una voz nuestra, no una voz amiga.

Por eso, y no por una mezquina ambición personal, quiero ser parte del Congreso Nacional. Con Dios y con el pueblo edificaremos un Perú mejor, un Perú que no olvide a sus modestos policías y modestos militares que día a día defienden la necesaria tranquilidad y seguridad de millones de ciudadanos.